El paragone velazqueño . Reflexiones a partir del retrato de Juan Martínez Montañés

Retrato de Juan Martínez Montañés - Museo del Prado

Hacia mediados del año 1635 el escultor Martínez Montañés es llamado a la corte para la ejecución de un busto de Felipe IV. Su estancia en Madrid permite a su amigo Velázquez la ocasión de inmortalizarlo, efigiándolo en el retrato donde aparece con el objeto de su empresa. Pero en este cuadro, más allá de la apariencia verosímil, el velo del tiempo ha obscurecido la esencia de su discurso, firme alegato contra el sofisma del paragone que desterraba al escultor del edénico recinto de las artes liberales. El hálito vivificador de una hermeneusis razonada habrá de disipar el velo que la enturbia, dejando al descubierto los nítidos perfiles del pensamiento velazqueño hacia la dignificación de la Escultura como Arte Superior.

El discurso del gesto

Retrato del Papa Inocencio X. Diego Velázquez

Toda experiencia comunicativa comporta un contenido literal, deliberado, y un incremento comunicacional, instintivo. El primero se elabora desde la plena consciencia mientras que el segundo fluye como emanación involuntaria. Más allá de lo denotativo y lo connotativo en la obra de arte, esta rezuma un discurso simultáneo, el discurso del gesto, que exhibe con honestidad las pulsiones idiosincrásicas del artista ejecutor. De este modo, la danza de complementariedad de contrarios de la razón y la pulsión, la prosa y la poesía, el ethos y el pathos se entrelazan en los lienzos de Velázquez engendrando en feliz sinergia la obra misma de arte, cuya plasticidad gestual se alimenta del pálpito que nutriría luego algunas de las manifestaciones artísticas más relevantes del siglo XX.